XXIX - VIII - XLVI
El tiempo rubato difumina en mil colores el crepúsculo de la tarde. Los recuerdos, algunos, cimientos de hoy, aprovechan para salir a flote...
La naturaleza en su esplendor nos regalaba la vida. Las piedras de colores a coleccionar se escondían para hacernos la travesía más entretenida y los sonidos jugaban a distraer, a alborotar.
Y allí, estabas tú, dispuesta a saltar de lo más alto, quizás añorabas hundirte y renacer. Volteabas a mirarme con la peculiar calidez con la que sólo una madre es capaz de expresar. Tus ojos buscaban incesantes los míos. No hacía falta emitir palabra para decirte lo inmensamente feliz que me encontraba. Me enseñaste a amar la naturaleza así como te amo a ti, madre de madres.
No hay tierra que se te resista, no fue bastante dejar padres, hermanos, amigos y patria. Pudo más el amor que los días desolados de manos cansadas.
Aunque las montañas no fueran las mismas y aunque el rocío desapareciera en tierra seca y estéril, abrías tus brazos. Fuiste el cálido hogar de nuestros días.
Hoy, como cada 29 del resto de mi vida, los recuerdos del corazón son el fuego reflejado por el orbe apacible de la luna, cuando el sol se pone y el silencio reina.
La naturaleza en su esplendor nos regalaba la vida. Las piedras de colores a coleccionar se escondían para hacernos la travesía más entretenida y los sonidos jugaban a distraer, a alborotar.
Y allí, estabas tú, dispuesta a saltar de lo más alto, quizás añorabas hundirte y renacer. Volteabas a mirarme con la peculiar calidez con la que sólo una madre es capaz de expresar. Tus ojos buscaban incesantes los míos. No hacía falta emitir palabra para decirte lo inmensamente feliz que me encontraba. Me enseñaste a amar la naturaleza así como te amo a ti, madre de madres.
No hay tierra que se te resista, no fue bastante dejar padres, hermanos, amigos y patria. Pudo más el amor que los días desolados de manos cansadas.
Aunque las montañas no fueran las mismas y aunque el rocío desapareciera en tierra seca y estéril, abrías tus brazos. Fuiste el cálido hogar de nuestros días.
Hoy, como cada 29 del resto de mi vida, los recuerdos del corazón son el fuego reflejado por el orbe apacible de la luna, cuando el sol se pone y el silencio reina.
"Hija mía,
calcula el número de las olas que ruedan en el mar durante la tormenta.
Y recuerda que la gran torpeza de hombre, en sus sueños de felicidad, es la de olvidar la muerte,
condición esencial de la naturaleza"
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