XXIX - VIII - XLVI
El tiempo rubato difumina en mil colores el crepúsculo de la tarde. Los recuerdos, algunos, cimientos de hoy, aprovechan para salir a flote... La naturaleza en su esplendor nos regalaba la vida. Las piedras de colores a coleccionar se escondían para hacernos la travesía más entretenida y los sonidos jugaban a distraer, a alborotar. Y allí, estabas tú, dispuesta a saltar de lo más alto, quizás añorabas hundirte y renacer. Volteabas a mirarme con la peculiar calidez con la que sólo una madre es capaz de expresar. Tus ojos buscaban incesantes los míos. No hacía falta emitir palabra para decirte lo inmensamente feliz que me encontraba. Me enseñaste a amar la naturaleza así como te amo a ti, madre de madres . No hay tierra que se te resista, no fue bastante dejar padres, hermanos, amigos y patria. Pudo más el amor que los días desolados de manos cansadas. Aunque las montañas no fueran las mismas y aunque el rocío desapareciera en tierra seca y estéril, abrías tus brazos. Fuiste el cá...